La parcialidad al descubierto

Benet Salellas i Vilar, Abogado

fotobenetI .- En el periplo judicial de Carlos Calvo Varela, el 2015 empezaba con una buena noticia: el Tribunal Supremo le absolvía del delito de pertenencia a organización terrorista y de esta manera rebajaba de 12 a 7 los años de cumplimiento por su relación con una mochila con explosivos intervenida en Vigo en septiembre del 2012. Uno a uno, el alto tribunal desmentía las consideraciones de la Sección Primera de la Audiencia Nacional presidida por Grande-Marlaska y emmendaba la enésima invención de nuestro ibérico TOP contemporáneo.

II.- La primavera nos llevó a un nuevo juicio, otra vez con Grande-Marlaska y Nicolás Poveda en el tribunal. Esta vez la fiscalía acusaba a Carlos Calvo de colocar personalmente un artefacto explosivo en un cajero automático en octubre del 2011. El único argumento de la acusación residía en un controvertido hallazgo en el lugar de la acción de un fragmento de carné de conducir a nombre de Carlos, carné que él mismo había denunciado haber perdido -entero-. Desde la defensa, convencidos de la falsedad de la acusación, conseguimos probar que el día de los hechos Carlos se encontraba a centenares de kilómetros de Vigo, en la fiesta otoñal por excelencia, San Froilán. La sentencia aceptó esta tesis y se vió obligada a afirmar que no se puede establecer que el acusado fuese la persona que materialmente había colocado el artefacto.

La resolución de la Sala, sin embargo, condenaba a Carlos Calvo por un hecho que no había sido objeto de debate en el juicio (y por tanto tampoco de acusación): entendía probado que él fue quien proporcionó el explosivo a los autores materiales de los hechos. No se sabe quiénes fueron los autores materiales. No se sabe en qué lugar, en qué fecha ni de qué manera Carlos les habría hecho llegar los explosivos -la sentencia no lo dice ni se esfuerza en esbozarlo- pero la responsabilidad por la tenencia del explosivo recae en Carlos Calvo y le conlleva la imposición de siete años más de privación de libertad. Como la vuelta de la primera absolución.

III.-  Más allá de la crueldad de condenar a alguien sin haberlo sometido a juicio, sin haberle preguntado sobre la tenencia (el fiscal obviamente no lo hizo porque ni siquiera le formuló este cargo) y que esta condena pese sobre la espalda del reo y de su entorno hasta que la tumbe -como una célebre estaca- un tribunal superior, el atropello del principio acusatorio nos revela la parcialidad interna del tribunal enjuiciador. Una sentencia como esta deviene una prueba empírica de ello. El Tribunal ha decidido condenar antes del juicio y si no puede hacerlo a partir de la tesis de la acusación pública, improvisa en otra dirección y sienta unos hechos delictivos indiscutidos, no rebatidos y magníficamente fijados, con alevosía, porque el acusado no se podrá defender simplemente porque aparecerán en escena cuando el juico haya acabado. La pérdida de derechos es evidente, pero de donde proviene este convencimiento tan apriorístico del tribunal? Por qué un joven gallego acaba con catorce años en la espalda cuando el Código Penal castiga con seis años una agresión sexual o con diez un homicidio?

IV.- En Alemania en los años 30 y hasta 1945 grandes teóricos del derecho penal (de Mezger a la escuela de Kiel) llegaron a razonar y a plantear a fondo sobre como el derecho penal tenía que ser un derecho de lucha para atrapar el enemigo allí donde tiene su punto de partida, en la voluntad criminal. Al enemigo del nacionalsocialsmo, se referían, claro. Establecieron como regla de interpretación la analogía contra el acusado, derogaron el principio de personalidad y edificaron un monstruo -como pocos- que acabó justificando la pena de muerte para supuestos de “enemistad jurídica”: comunismo, homosexualidad, aborto o ultrages a la raza. Como fundamento estructural se hablaba de la culpabilidad por “conducción de la vida” que presumía que la aplicación de la severidad del derecho penal no tenía porqué provenir de ningún hecho concreto que fuera delito sino que era suficiente ser de una determinada manera para poder ser culpabilizado y castigado.

V.- Dice David Fernández que “en la tradición inquisitorial hispánica hay un instrumento que sintetiza la brutalidad del poder: el terrible acto de fe. Procesión, misa, sermón. Y hoguera. Y cultura del miedo. Y castigo ejemplarizante. Y aviso a navegantes.” Intuyo que la segunda condena, injusta e inmerecida de Carlos va por aquí y huele tanto a hoguera que harta. De una hoguera que quema en Berlín en los años 30 y en Madrid en 2015. Una hoguera que no necesita pruebas y se atiza alimentada de prejuicios, vanidad y mentalidad de orden de la magistratura española.

Pero el ciclo y la lucha, judicial y no judicial, continúa. Después de la primavera llegará el solsticio, y saltaremos como hemos hecho siempre por encima de las hogueras, de esta que ahora parece tan alta y de todo el resto, en una noche llena de estrellas y de aire estival y recuperaremos entonces el sentido de la palabra justicia cuando tendremos a Carlos entre nosotros.

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A parcialidade ao descoberto

I- No périplo judiciário de Carlos Calvo Varela, 2015 começava com umha boa nova: o Tribunal Supremo absolvia-o do delito de pertença a organização terrorista e deste jeito rebaixava de 12 a 7 os anos de cumprimento pola sua relação com umha mochila com explosivos intervida em Vigo em Setembro de 2012. Um a um, o alto tribunal desmentia as considerações da Seção Primeira da Audiência Nacional presidida por Grande-Marlaska e emendava a enésima invenção do nosso ibérico TOP contemporâneo.

II- A Primavera levou-nos a um novo julgamento, de novo com Grande-Marlaska e Nicolás Poveda no tribunal. Desta vez a fiscalia acusava o Carlos Calvo de colocar pessoalmente um artefacto explosivo num caixeiro automático em Outubro de 2011. O único argumento da acusação alicerçava-se num controvertido achado no lugar da ação  dum fragmento de carta de condução a nome do Carlos, documento do que ele próprio denunciara a sua perda -inteiro-. Da defesa, convencidos da falsidade da acusação, demos provado que o dia dos factos Carlos se encontrava a centos de quilómetros de Vigo, na festa do outono por excelência, Sam Froilám. A sentença aceitou esta tese e viu-se obrigada a afirmar que nom se podia estabelecer que o acusado fosse a pessoa que materialmente colocara o artefacto.

A resolução da sala, porém, condenou o Carlos Calvo por um facto que nom fora objecto de debate no julgamento (e por tanto também nom da acusação): entendia provado que ele foi quem forneceu o explosivo aos autores materiais dos factos. Nom se sabe quem fôrom os autores materiais. Nom se sabe em que lugar, em que data nem de que jeito Carlos lhes faria chegar os explosivos -a sentença nom o diz nem se esforça em esboçá-lo- mas a responsabilidade pola possessão do explosivo recai no Carlos Calvo e implica-lhe a imposição de mais sete anos de privação de liberdade. Como a volta da primeira absolvição.

III- Além da crueldade de condenar alguém sem o submeter a julgamento, sem perguntar-lhe pola possessão (o fiscal obviamente nom o fijo porque nem sequer lhe formulou esse cargo) e que esta condena pese sobre as costas do réu e do seu entorno até que a tombe -como umha célebre estaca- um tribunal superior, o atropelo do princípio acusatório revela-nos a parcialidade interna do tribunal julgador. Umha sentença como esta requer dumha prova empírica. O Tribunal decidiu condenar antes do juízo e, se nom o pode fazer a partir da tese da acusação pública, improvisa noutra direcção e senta uns factos delituosos indisputados, nom rebatidos e magnificamente fixados, com aleivosia, porque o acusado nom se vai poder defender simplesmente porque vam aparecer na cena quando o julgamento acabar. A perda de direitos é evidente, mas de onde provém este convencimento tam apriorístico do tribunal? Por que um jovem galego acaba com catorze anos ao lombo quando o Código Penal castiga com seis anos umha agressão sexual ou com dez um homicídio?

IV- Na Alemanha nos anos 30 e até 1945, grandes teóricos do direito penal (de Mezger à escola de Kiel) chegárom a razoar e a propor a fundo sobre como cumpria que o direito penal fosse direito de luita para atrapar o inimigo ali onde tiver o seu ponto de partida, na vontade do criminoso. Ao inimigo do nacional-socialismo se referiam, com certeza. Estabelecêrom como regra de interpretação a analogia contra o acusado, derrogárom o princípio de personalidade e edificárom um monstro -como poucos- que acabou justificando a pena de morte para supostos de “inimizade jurídica”: comunismo, homo-sexualidade, aborto ou aldragens à raça. Como fundamento estrutural falava-se da culpabilidade por “condução da vida” que pressupunha que a aplicação da severidade do direito penal nom tinha porquê provir de nenhum facto concreto que fosse delito senom que avondava com ser dumha determinada maneira para poder ser culpabilizado e castigado.

V- Diz David Fernández que “na tradição inquisitorial hispânica há um instrumento que sintetiza a brutalidade do poder: o terrível acto de fé. Procissom, missa, sermom. E fogueira. A cultura do medo. E castigo exemplarizante. E aviso a navegantes.” Intuo que a segunda condena, injusta e imerecida do Carlos vai por aqui e cheira tanto a fogueira que farta. Dumha fogueira que queima em Berlim nos anos 30 e em Madrid em 2015. Umha fogueira à que nom lhe cumprem provas e se aviva alimentada de preconceitos, vaidade e mentalidade de ordem da magistratura espanhola.

Mas o ciclo de luita, judiciária e nom judiciária, continua. Após a Primavera há chegar o solstício, e choutaremos como figemos sempre por cima da fogueiras, desta que agora parece tam alta e de todo o resto, numha noite ateigada de estrelas e de ar estival e havemos recuperar daquela o sentido da palavra justiça, quando tivermos o Carlos entre nós.

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A parcialidade ao descoberto

I- No periplo xudicial de Carlos Calvo Varela, 2015 comezaba cunha boa nova: o Tribunal Supremo absolvíao do delito de pertenza a organización terrorista e deste xeito rebaixaba de 12 a 7 os anos de cumprimento pola sua relación cunha mochila con explosivos intervida en Vigo en Setembro de 2012. Un a un, o alto tribunal desmentía as consideracións da Sección Primeira da Audiencia Nacional presidida por Grande-Marlaska e emendaba a enésima invención do noso ibérico TOP contemporáneo.

II- A primavera levounos a un novo xuízo, outra vez con Grande-Marlaska e Nicolás Poveda no tribunal. Desta vez a fiscalía acusaba o Carlos Calvo de colocar persoalmente un artefacto explosivo nun caixeiro automático en outubro de 2011. O único argumento da acusación alicerzábase nun controvertido achado no lugar da acción dun fragmento de carné de conducir a nome do Carlos, documento do que el mesmo denunciara a súa perda -enteiro-. Desde a defensa, convencidos da falsidade da acusación, demos probado que o dia dos feitos Carlos se atopaba a centos de quilómetros de Vigo, na festa do outono por excelencia, San Froilán. A sentenza aceptou esta tese e viuse obrigada a afirmar que non se podía estabelecer que o acusado fose a persoa que materialmente colocara o artefacto.

A resolución da sala, porén, condenou o Carlos Calvo por un feito que non fora obxecto de debate no xuízo (e por tanto tampouco da acusación): entendía probado que el foi quen forneceu o explosivo aos autores materiais dos feitos. Non se sabe quen foron os autores materiais. Non se sabe en que lugar, en que data nin de que xeito Carlos lles faría chegar os explosivos -a sentenza non o di nin se esforza en esbozalo- mais a responsabilidade pola posesión do explosivo recae no Carlos Calvo e implícalle a imposición de mais sete anos de privación de liberdade. Como a volta da primeira absolución.

III- Alén da crueldade de condenar a alguén sen o someter a xuízo, sen preguntarlle pola posesión (o fiscal obviamente non o fixo porque nin siquera lle formulou ese cargo) e que esta condena pese sobre as costas do reo e do seu entorno até que a tombe -como unha célebre estaca- un tribunal superior, o atropelo do principio acusatorio revélanos a parcialidade interna do tribunal xulgador. Unha sentenza como esta require dunha proba empírica. O Tribunal decidiu condenar antes do xuízo e, se non o pode facer a partir da tese da acusación pública, improvisa noutra dirección e senta uns factos delitivos indisputados, non rebatidos e magnificamente fixados, con aleivosia, porque o acusado non se vai poder defender simplemente porque van aparecer na escena cando o xuízo acabar. A perda de dereitos é evidente, mais de onde provén este convencemento tan apriorístico do tribunal? Por que un mozo galego acaba con catorce anos ao lombo quando o Código Penal castiga con seis anos unha agresión sexual ou con dez un homicidio?

IV- Na Alemaña nos anos 30 e até 1945, grandes teóricos do dereito penal (de Mezger à escola de Kiel) chegaron a razoar e a propor a fondo sobre como cumpría que o dereito penal fose dereito de loita para atrapar o inimigo alí onde tiver o seu punto de partida, na vontade do criminal. Ao inimigo do nacional-socialismo se referían, abofé. Estabeleceron como regra de interpretación a analoxía contra o acusado, derrogaron o principio de personalidade e edificaron un monstro -como poucos- que acabou xustificando a pena de morte para supostos de “inimizade xurídica”: comunismo, homosexualidade, aborto ou aldraxes á raza. Como fundamento estrutural falábase da culpabilidade por “condución da vida” que presupuña que a aplicación da severidade do dereito penal non tiña porqué provir de ningún feito concreto que fose delito senón que abondaba con ser dunha determinada maneira para poder ser culpabilizado e castigado.

V- Di David Fernández que “na tradición inquisitorial hispánica hai un instrumento que sintetiza a brutalidade do poder: o terríbel acto de fe. Procesión, misa, sermón. E fogueira. A cultura do medo. E castigo exemplarizante. E aviso a navegantes.” Intúo que a segunda condena, inxusta e imerecida do Carlos, vai por aqui e cheira tanto a fogueira que farta. Dunha fogueira que queima en Berlín nos anos 30 e en Madrid en 2015. Unha fogueira á que non lle cómpren probas e se aviva alimentada de prexuízos, vaidade e mentalidade de orde da maxistratura española.

Mais o ciclo de loita, xudicial e non xudicial, continúa. Despois da primavera ha chegar o solsticio, e choutaremos como fixemos sempre por riba das fogueiras, desta que agora semella tan alta e de todo o resto, nunha noite ateigada de estrelas e de ar estival e habemos recuperar daquela o sentido da palabra xustiza, cando tivermos o Carlos entre nós.

Artigo publicado orixinalmente en catalán aquí 

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